lunes, 22 de diciembre de 2008

TODOS SOMOS DIFERENTES

El viernes pasado asistí a un acto entrañable en el Ateneo de Madrid. Sí, el mismo Ateneo donde debía haberse presentado mi libro si la aventura que ya os comenté hubiera llegado a buen puerto. Un lugar regio, de esos de rancio abolengo que nos llaman tanto la atención. Un salón de actos que impresiona y cautiva a partes iguales. Creo que de todas formas no sería mal sitio para presentar una obra.

Hace unos meses participé en el concurso internacional de fotografía, cuento y relato hiperbreve convocado por la Fundación de Derechos Civiles. Es ya la edición número XIII del certamen que lleva por nombre "Todos somos diferentes". En él se aúnan muchas de las bellas cualidades que la fundación Civilia engloba al desempeñar su arduo trabajo. Me pareció una bonita experiencia y quise participar con un pequeño cuento.


Unos días antes recibí un correo electrónico de la organización. Como participante en el certamen me invitaban al evento y naturalmente quise acudir al mismo. Al comenzar el acto nos facilitaron el libro que habían impreso para la ocasión. El título, sugerente. "El color humano son todos los colores". El contenido, atrayente. Aparte de los cuentos y relatos hiperbreves premiados, aparecían algunos otros de los remitidos por los participantes y una colección maravillosa de fotografías dignas de la mejor sala de exposiciones del mundo. En este enlace podéis disfrutar de las premiadas en anteriores ediciones.

Un grupo de actores leyó algunos de los relatos premiados, dándole más emotividad si aún cabe al acto. Y cada poco tiempo se apagaban las luces y nos proyectaban algunas de las fotografías seleccionadas este año. Sobrecogedoras, inocentes, evocadoras todas ellas. Con unos colores tan vivos que se salían de la pantalla. Se nos erizaba el vello al escuchar al ganador en la categoría de fotografía, mostrándonos con sus palabras el barrio de Calcuta donde había conseguido las instantáneas. Desde aquí le doy la enhorabuena por ese trabajo, pero más por el que realizan los miembros de la pequeña ONG con la que colabora allí para no dejar caer a los niños en la droga y la prostitución.

El ganador del primer premio de relato no pudo asistir al evento ya que le resultaba difícil salir de su país, Argentina, por la situación económica. Se leyeron unas palabras enviadas por el autor y después de un pequeño discurso a cargo del presidente de la Fundación, se dio por finalizado el acto. Mi más sincera enhorabuena a la Asamblea Juvenil de la Fundación de Derechos Civiles por estas iniciativas tan necesarias.

Fue una experiencia nueva para mí y una forma muy amena de pasar la tarde. Desde luego que volveré a participar en próximas ediciones, sin con ello puedo contribuir con mi granito de arena a que la labor de esta gente tenga su justa recompensa.

Quiero aprovechar esta entrada para desearos a todos unas felices fiestas. Ha sido un verdadero placer compartir con todos vosotros estas últimas semanas y espero poder seguir haciéndolo en el futuro. Gracias por estar ahí, por leerme, por vuestros comentarios y por tantos bellos momentos pasados.

Así que disfrutemos de estos días tan entrañables, que nos lo hemos ganado. Y sigamos en la senda, que cada día estamos más cerca, no tengáis ninguna duda.

¡¡FELIZ NAVIDAD!! Y que todos vuestros sueños se cumplan con creces.

martes, 16 de diciembre de 2008

UN SUEÑO HECHO TRIZAS

Después de mis avatares con premios y concursos diversos decidí tomarme un descanso. Sabía que más tarde o más temprano se presentaría una oportunidad y sólo debía aprovecharla. Lo que no intuía es lo que me iba a ocurrir en unos meses. Y mucho menos cómo llegué a encontrarme en unos extraños vericuetos de los que pude salir afortunadamente.

Yo trabajaba en aquella época en una pequeña empresa con varias delegaciones en el territorio patrio. En nuestra oficina no éramos muchos compañeros, pero todos sabían de mi afición por las letras. Me preguntaban por la novela y yo les contaba mis avances. Un día de primavera llegó uno de mis compañeros comentándome que una amiga suya estaba montando una pequeña editorial. Naturalmente le dije que tenía que presentármela. Eso hizo de buena fe este chico, preparando una reunión informal. Y allí me presenté con toda mi ilusión.

La charla fue distendida, nos presentamos y charlamos sobre el particular. Me comentó que ella tenía su profesión y su negocio propio, pero que le encantaba la literatura y estaba comenzando en el difícil mundo de las letras. Había creado una pequeña editorial y trabajaba con pocos autores, ya que sus obligaciones principales no le dejaban demasiado tiempo. Naturalmente era en modo coedición, pero me gustó el enfoque dado al asunto y quedamos en hablar más tranquilamente. Así que le entregué una copia del manuscrito para que lo leyera, dejando bien claro que sin ningún compromiso por parte de nadie. Una vez leído me informaría sobre la obra y sus posibilidades de publicación. Y nos despedimos.

No demasiado tiempo después concretamos una reunión más formal en el despacho de su negocio para hablar sobre la obra una vez leída. Le había gustado mucho y estuvimos hablando largo tiempo de literatura, nuestros autores preferidos, libros y otras cosillas. Pasó a contarme su método de trabajo. Aunque no era edición al uso, no veía mal las condiciones. Un contrato con todas las cláusulas muy claritas y algunos apartados que nunca me habían ofrecido en otras editoriales de coedición con las que había tratado. Posibilidad de contacto directo con el distribuidor para no dejar de lado esa parte, publicidad real, presentación del libro en el Ateneo de Madrid y otras menudencias que me hicieron sonreír. Pedí unos días para reflexionar y seguir adelante o dejarlo sin problemas.

Finalmente me decidí y quedamos a comer en un restaurante cercano a mi trabajo. Allí firmé el contrato y brindamos por un proyecto común. Se editarían 500 libros de mi obra y se concretaron el resto de apartados normales en estos casos: número de pagos, correcciones diversas, galeradas, distribución, presentación y demás. La editorial sólo tenía derechos sobre esa cantidad de libros, no sobre futuras ediciones. Todo quedo claro y transparente. Así que nos pusimos en marcha.

Me puse muy nervioso sabiendo que en unos meses tendría que presentar mi libro en el Ateneo. Pensé que lo de la coedición no era tan malo y que vería mi libro en la calle. Y cómo los derechos seguían siendo míos, igual algún pez gordo llamaba a mi puerta. De ilusión también se vive, eso reza el dicho. Pero yo seguía a lo mío y no veía razones para dudar de ello. El tiempo me quitó la razón, aunque igual fue mejor que el final de la historia no fuera el esperado.

Se pactaron unas correcciones y las primeras me llegaron después del verano. No veía gran cambio en el documento enviado comparado con el original. Algún sinónimo, algún cambio de orden en frases y poco más. Me sorprendió un poco, la verdad. Debía mandarles mis comentarios sobre dichas correcciones, pero quise tratar personalmente lo que había visto sobre el papel. Me fue imposible. Recibí un correo diciéndome que mandaban la novela a maquetación, cuando ni siquiera yo había dicho nada sobre lo recibido. Naturalmente me negué hasta no poder hablar del tema y todo empezó a complicarse.

Estuve más de dos meses intentando hablar con la editora. Mails, llamadas de teléfono, mensajes a través del común conocido al que no quería involucrar e incluso me presentaba sin avisar en su despacho. Me fue imposible ni ver a esta persona ni hablar tan siquiera un segundo con ella. Me pareció rarísimo y estallé. No era normal este comportamiento cuando hasta entonces había sido fluido, cercano y cada poco tiempo. Todo se torció y ambas partes nos enfadamos, cada uno con sus razones y desde un punto de vista subjetivo en el que ambos veíamos las cosas de forma totalmente diferente. Afortunadamente pude rescindir el contrato firmado sin más problemas y se me devolvieron las cantidades entregadas hasta la fecha.

No sé si actué bien, ni antes ni después de toda esta historia. Mi ilusión se desvanecía y mi ánimo cayó por los suelos. Tardé un tiempo en reaccionar y ponerme las pilas. Y decidí que nunca más trataría con el dichoso tema de la coedición. Aunque tardara en publicar mi novela. Además, escribiría otras muchas obras y más tarde o más temprano saldrían a la luz. Mi momento no había llegado, pero ya empezaba a darle vueltas en mi cabeza a nuevos proyectos que llevar a cabo.

jueves, 11 de diciembre de 2008

NIEBLA EN EL BOSQUE

Después de informarme un poco mejor sobre las bondades de la coedición, y mientras seguía enviando mi novela a determinadas editoriales, alguien muy cercano a mí me vino con un soplo. Igual era una señal, no podía dejarlo pasar. Me hablo sobre un premio literario, no demasiado conocido y que además contaba con un requisito fundamental. Aparte de ser una obra inédita, la trama debía tener lugar en Madrid, ya que lo patrocinaba una empresa relacionada con el Ayuntamiento de la capital.

¿Qué mejor novela que la mía para merecerse ese premio?, pensé yo. Una trama aventurera, ágil y divertida, que nos llevaba por los recovecos del Madrid de los Austrias, una de las zonas más queridas y visitadas de la ciudad. Así que fui a informarme sin demora. El premio se llamaba "Río Manzanares de Novela" y como el insigne aprendiz de río, allí estaría mi pequeña obra intentando abrirse camino entre las fauces de la civilización que nos rodea, luchando contra los molinos de viento que nos salieran al paso.

Aparte de la publicación del libro, el ganador tendría una recompensa económica bastante importante en forma de adelanto de derechos de autor, pero que suponía un buen pellizco. Yo sólo pensaba en la publicación, en el prestigio que conlleva dicho premio, pero a nadie le amarga un dulce. Así que me pertreché con las copias que demandaban las bases. Acudí raudo y veloz a la sede de la Empresa Municipal de la Vivienda, que era donde había que entregarlo. Rellené una solicitud y salí de allí todo contento. Sabía que era muy difícil, pero nunca se sabe.

Pensaréis que la ilusión del novato era demasiada, que el árbol de sus deseos no le dejaba ver el bosque que se encontraba más allá, impidiéndole pensar con claridad. Ni siquiera caí en la cuenta de que lo normal en los premios literarios era todo el asunto de plica y seudónimo. Lo que me quedaba todavía por aprender. No puedo decir nada raro sobre el fallo del concurso, ya que no tengo ninguna idea preconcebida al respecto, pero todo quedó en agua de borrajas para mí. Aunque el velo de mis ojos había empezado a desaparecer. Y la espesa niebla remitía poco a poco.

Por supuesto, aquello no me hizo desesperar. Mientras seguía buscando soluciones, llegó a mi conocimiento noticias sobre el premio Gran Angular de novela, tanto infantil como juvenil. Yo había disfrutado sobremanera de pequeño con los libros del Barco de Vapor, así que pensé que sería una buena idea participar. Mi novela está destinada a un público adulto, pero puede interesar a una horquilla razonablemente extensa de edades, por lo que consideré que podría ser presentada al concurso juvenil. Y de nuevo me tiré a la piscina, sin flotador ni nada. El resultado fue el mismo.

Ya no volví a presentarme a ningún premio literario con mi obra. Mientras, había leído de todo sobre el particular. Qué si los certámenes están ya adjudicados de antemano, que si hay apaños en las votaciones con escándalos incluidos en determinados premios importantes, etc. Me recomendaron probar con los premios más pequeños, de Ayuntamientos o concejos, para ir haciendo curriculum. Pero si querías cumplir las bases a rajatabla, te obligaban a no mandar la obra a ningún otro sitio, a dejarla guardadita por si acaso y siempre tenían la opción de quedarse con los derechos de tu obra aunque no resultara galardonada. Demasiadas cortapisas.

Así que abandoné la idea de presentarme a ningún otro premio con mi obra. Tendría que sacarla al mercado por otros medios. No ha sido hasta este año, una vez terminada mi segunda novela, ésta vez de género negro, que decidí intentarlo de nuevo. Vale, la obra estaba casi virgen, sin pulir demasiado, pero se me acababa el plazo y los concursos de novela negra tampoco son tan habituales. Craso error. El fallo de la misma tuvo lugar en verano de este año y el ganador fue un autor muy conocido entre los habituales de la novela policíaca, cuyas obras me han proporcionado muy buenos momentos mientras compartía pesquisas con él. Lo raro de todo esto es que el libro estaba en la calle en menos de un mes desde el fallo. Sabiendo todos lo que cuesta sacar un libro a la luz y suponiendo que nadie supiera nada hasta el día que se publicitó el ganador, no me salen las cuentas. Qué cada cual saque sus propias conclusiones...

Por lo tanto desestimé ese atajo para la publicación de mi libro y busqué nuevas soluciones. La moral seguía alta y el optimismo reinante. Nadie podría hacerme desistir de mi empeño. Pero se cruzó alguien en mi camino que me hizo pensar si estaba tomando la dirección correcta. Tiempo después me embarqué en una aventura que me hizo conocer un poco más de cerca los entresijos de todo este mundo, saliendo no demasiado mal parado después de todo. Pero eso será en otra entrada, queridos compañeros de aventuras.

jueves, 4 de diciembre de 2008

LAS SIRENAS DE ULISES

Tendré que retomar el hilo conductor de este blog, la narración principal que me llevó a crear esta página. Así que como lo prometido es deuda seguiré con las desventuras de este escritor en ciernes, desvelando poco a poco el duro camino seguido hasta encontrarme frente a vosotros. Os aseguro que no os aburriréis, tengo muchas cosas que contar.

Después de algunos reveses con editoriales de las llamadas grandes, pensé que debía diversificar mis esfuerzos. Tendría que seguir intentándolo con las editoriales, pero también podría mirar el tema de los concursos literarios. Para mí todo era nuevo, yo era un alma libre, sin mácula. Y no tenía ni idea de dónde me metía. Pero tiempo al tiempo.

Os contaré antes de nada mis primeras impresiones con el famoso tema de las editoriales de coedición o autoedición. Yo por aquella época no sabía ni que existían. Ni siquiera me metí en internet para buscar más a fondo información sobre esta gente, con la de datos que encontré tiempo después. Pero no adelantaré acontecimientos y os lo contaré tal y como lo viví. Como un niño de comunión ante su primer regalo importante, con la ilusión intacta y los bolsillos llenos de sueños por cumplir. Esos que nunca nadie podría arrebatarme.

No sé donde encontré información sobre algunas editoriales que trabajaban con escritores noveles, jóvenes sin experiencia literaria a los que daban una oportunidad que en otros lados se les negaba. No veía nada malo en probar, sin saber donde me metía y sin haber oído la palabra coedición en mi vida. Así que ni corto ni perezoso pedí información a un par o tres de estas editoriales, no sé si por teléfono o por mail. Y naturalmente me contestaron todos, además muy amablemente. Que me pasara por sus oficinas a charlar tranquilamente o les remitiera sin dilación mi maravilloso manuscrito. Así que hice un poco de todo.

Después de concretar por teléfono con el editor de una de estas empresas, me presenté en su "oficina", situada en el centro de Madrid. No daré nombres para no darles más publicidad, pero seguro que os suenan. Cuando llegué allí casi se me cae el mundo a los pies. Yo que llegaba con mi manuscrito bajo el brazo (ojo el dineral que te gastas en fotocopias y encuadernaciones, ¿a qué si?), todo contento a la par que nervioso, sufrí una ligera decepción. Pasé a un cuartucho de no más de dos metros por dos, donde este señor con cara de bonachón me esperaba dispuesto a convencerme. En su mesa rodeada por infinitas torres de sus libros, casi sin sitio para sentarme a su vera, tuvo lugar esta conversación, la primera de mi corta vida literaria.

Me habló del famoso decálogo de buenas costumbres, de lo que tiene que hacer un escritor novel para que no le engañen. Incluso hablamos de lo bien que le iba a un chico que conocía de vista, ya que yo viví durante muchos años en Aranjuez y este chaval era vecino del pueblo. Salió a relucir su método de trabajo. Ellos cobran una "pequeña" parte por publicarte una determinada cantidad de libros, pero en ese precio están incluidos la distribución, presentación en dos ciudades diferentes si lo deseas, publicidad, etc. Y claro, nada de sólo llevarte el 10% de las ventas como con las editoriales grandes, aquí iba a ganar un pastón según este señor. No le creí demasiado en esta ocasión, pero seguí escuchando. Otras cosas me parecían más razonables, pero no sabía que en realidad esas palabras se las suele llevar el viento. Aunque de todos modos le dejé una copia de mi manuscrito.

Fui a otra de estas editoriales y más de lo mismo. Ésta también se encontraba en el centro de Madrid, con nombre muy oceánico, y la oficina daba menos grima. Un local más agradable, con luz natural, aunque con la misma pinta de empresa que puede desaparecer ante el menor contratiempo. Y con cientos y cientos de libros de sus autores desperdigados por diversas estanterías. No veía yo que funcionara demasiado bien la distribución. Pero seguía con mi ceguera, quería darles una oportunidad. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Con otras hablé por teléfono o por correo y tuve la misma sensación. Lo bueno fue cuando me llegó la primera respuesta sobre la lectura de mi obra, casualmente del señor al que visité en primer lugar. En una hoja impresa hablaba sobre lo mejor y lo peor de mi obra, dándome ideas para mejorarla. Pero me di cuenta que sólo hablaba de la primera parte de la novela. Luego, para darle un toque más teatral, escribían de forma manuscrita una sucinta valoración sobre el texto, alabándolo y asegurando que les encantaría publicarlo. No voy a mentir y tengo que confesar medio avergonzado que se me saltaron las lágrimas de emoción. Yo no veía nada más, sólo que les había encantado mi obra y querían publicarla a toda costa. Era mi primera crítica, aparte de amigos y familiares y ya veía el camino abierto. Si es que no sé puede ir de pardillo.

Lo malo fue cuando leí la hoja anexa con el presupuesto. No recuerdo exactamente, pero eran parecidos en todas estas empresas. Te publicaban entre 200 y 700 libros, con precios que rondaban entre los 2000 y los 5000 euros. Mi economía no estaba para dispendios y decidí que no me metería en camisas de once varas, por muy bien que me lo pintaran. Pero la última palabra no estaba dicha.

Como curiosidad os comentaré que tengo allegados que han trabajados en empresas de artes gráficas y han visto en sus talleres como hacían algunos de los libros de dichas editoriales. Cajas y cajas de libros que nadie recogía y que se apilaban sin orden ni concierto. Una presentación no demasiado buena, un acabado francamente mejorable y encima nadie se preocupaba de dichos libros. Ni siquiera sé si las editoriales estaban al corriente de pago con estas empresas que les preparaban los pedidos, lo que si sé es que la distribución que hacían de esos libros brillaba por su ausencia. Añadiré para más inri que varios de esos ejemplares se los daban a sus trabajadores como regalo, por si se los querían llevar, dándoles un valor ínfimo. Alguno hasta ha llegado a mis manos gratis, no tengo que decir nada más.

Así que no me dejé engañar por los cantos de las sirenas, ya que no quería caer en la tentación que arrastró a Ulises y sus hombres en la famosa epopeya. Pero el destino, siempre tan juguetón, me tenía preparado a la vuelta de la esquina un inesperado giro de los acontecimientos en toda esta historia. Me metería de lleno en la posible publicación de mi obra por parte de una empresa parecida, saliendo bastante escaldado. Ya os lo contaré más detenidamente, pero al final se medio solucionaron las cosas. Eso si, mi libro tendría que esperar para ver la luz...

viernes, 28 de noviembre de 2008

UN PAR DE BUENAS NOTICIAS

Para empezar bien el fin de semana quiero compartir con todos vosotros un par de noticias agradables, de esas que le alegran a uno el día. En estas frías tardes de invierno imaginemos que nuestra tertulia literaria crece al calor del fuego acogedor de una chimenea virtual, mientras departimos tranquilamente en un confortable salón creado por nuestras palabras. Es en dicha cálida atmósfera donde quiero haceros partícipes de estas pequeñas cosas que le hacen sonreír a uno.

Con ello tendré que posponer el hilo narrativo de mi blog, pero sé que sabréis perdonarme. Y yo prometo compensaros con nuevas entradas. Es por culpa de esa ligera desidia cibernética, del haberme olvidado por unos días del mundo de la blogosfera, el que no hayan llegado antes a mi conocimiento las buenas nuevas. Entono el mea culpa, ya que por ello tampoco había podido compartirlo con todos vosotros.

Lo primero que quiero agradecerle a Lola Mariné, autora del blog Gatos por los tejados, es una de las entradas publicadas en su página. En dicho post su autora da unos premios simbólicos a los blogs que ella ha elegido. Imaginad mi sorpresa cuando vi mi nombre y el título de esta bitácora. Muchas gracias de nuevo, Lola. Esto me ayuda a seguir escribiendo, a compartir mis vivencias con vosotros.

En segundo lugar debo agradecer también a Eduard Pascual, autor del blog Codex 10 y compañero de fatigas literarias, el haberme dado un consejo muy provechoso. En una de sus entradas hablaba de un concurso de microrrelatos en la página de Novelpol, dedicado a la novela negra. Como mi segunda obra es de ese género, me pareció interesante su consejo. Había que enviar un relato de 200 palabras exactamente, ni una más ni una menos. No me veía capaz de sintetizar en tan pocas palabras una historia digna de mención. Una historia con su introducción, sus personajes, su trama y su desenlace, sin que chirrié ninguna de sus partes y dándole un acabado redondo. Yo estoy acostumbrado más a la novela, a la obra larga y no me veía con fuerzas. Pero Eduard me animó a participar y acepté el reto. Considero que escribir relato es muy difícil y microrrelato pues igual aún más. Por eso admiro profundamente a todos los que tan bien se mueven en dicho medio.

Así que me decidí a participar. El premio para el ganador es un lote de libros, pero eso no es lo más importante. Me gustó averiguar que irían publicando en su web los relatos que creyeran oportunos, aparte de optar al premio final, una colección de los mejores libros del 2008. Supe también que en un programa de radio que regenta el escritor de novela negra Carlos Salem se leerían algunos de esos relatos. Perpetré un relato de 200 palabras justas, pensando que no era digno de dicho concurso. Pero lo envié de todas formas. Y día tras día entraba en dicho blog para ver si sonaba la flauta y publicaban mi escrito.

La verdad es que luego me olvidé del tema. Hasta anoche, que me acordé de nuevo. Entré, leí alguno de los textos seleccionados y algún otro artículo. Una reseña de una nueva novela y una entrevista con los responsables de la editorial Salto de página. Me interesaba ya que hablaban de dos obras suyas que ganaron sendos premios en la Semana Negra de Gijón, de lo bien que les iba después del poco tiempo que llevaba la editorial en circulación. Pero también me interesaba ya que en este momento mi obra El enigma de los vencidos está en proceso de lectura en dicha editorial y siempre es bueno estar al día de todo.

Seguí dándole al cursor, flecha abajo hacia el final de la página. Mi sorpresa fue mayúscula al ver mi nombre escrito en unas llamativas letras azules. ¡Allí estaba! Mi relato publicado. Rezaba exactamente así: "Un matrimonio al uso" por Armando Rodera Blasco. Aluciné durante un momento y tardé unos instantes en reaccionar. Ya que nunca había colgado relato alguno en ninguna página y que mis novelas están inéditas, éste era el primer trabajo mío que se publicaba en cualquier sitio, en una web totalmente ajena a mí. No ganaré, o no lo espero, pero la satisfacción de ese momento no me la quita nadie.

Así que seguiremos caminando por la senda, ya que veo que vuestra compañía me es muy provechosa. Sólo espero que todos lleguemos al final de ese camino con parte de nuestros sueños cumplidos...

martes, 18 de noviembre de 2008

EL ENIGMA DE LOS VENCIDOS

Pues sí, definitivamente ese sería el título de mi opera prima. "El enigma de los vencidos". Sonaba bien, un nombre con fuerza, contundente. O eso me han ido diciendo a lo largo del tiempo. Así que me quedé tranquilo, ya que creía que la novela con su título formaban un conjunto redondo. Vamos, que después de registrar el manuscrito convenientemente me imaginaba que sería todo pan comido. Que se pegarían por mi obra maestra. Sólo quedaba enviarla a determinados sitios y esperar, lo más difícil estaba hecho. ¡Qué iluso era! Y cómo se suele decir, qué atrevida es la ignorancia...

Antes de seguir contando mis experiencias en el difícil mundo editorial, narrando los diferentes avatares que me han sucedido en los últimos tiempos, creo que debo hacer antes un pequeño inciso. Espero sepáis perdonarme, pero seguro que lo comprendéis cuando os cuente el motivo de este paréntesis.

Seguramente muchos de vosotros habréis visto en la parte derecha del blog un apartado que reza "La web de mi novela", con su título debajo. Algunos sé que ya habéis entrado en la página, otros todavía no. Así que desde aquí, antes de contaros la curiosa historia de dicha página, os invito a visitar dicha web en el siguiente enlace: El enigma de los vencidos

Esta página surgió como una pequeña sorpresa. De buenas a primeras, el día de mi cumpleaños, se presenta mi novia con un regalo inesperado: el fantástico diseño para una web sobre mi novela. Era simplemente un esbozo de lo que sería luego, pero a mí me hizo muchísima ilusión. Era el embrión de algo que estaba por llegar.

Tengo que agradecerle a ella las numerosas horas quitadas a su tiempo libre para poder trabajar en ese proyecto. Más teniendo en cuenta que es una persona con conocimientos técnicos en la materia, pero que no se dedica profesionalmente ni al diseño ni a la programación. Así que el resultado a mi humilde entender es fantástico. Creo que ha quedado una página muy digna y que refleja perfectamente el espíritu de la obra. Gracias de nuevo por tu dedicación, has conseguido algo increíble.


Espero que os guste el elegante diseño de las diferentes páginas que están incluidas en la web, con esa especie de manuscrito o álbum de fotos y recuerdos por vivir. O la galería de imágenes del viejo Madrid, obtenidas en esas mañanas de paseo por la capital ya descritas en anteriores entradas. Y uno de los atractivos de la web y también de la obra: los diferentes enigmas.

Ahí me tendréis que echar la culpa plenamente a mí. Quise colocar en el ciberespacio algunos enigmas parecidos a los que los protagonistas de mi historia se encuentran en la trama. Os reto públicamente a todos a intentar descifrarlos. Os desafío, pero sabiendo que tiene su recompensa. Al acertar los juegos se obtiene una clave para conseguir fragmentos de la novela desde la zona de descargas. Intentadlo, seguro que es divertido. Conozco a algunos visitantes que ya han resuelto los 3 enigmas.

Ya me iréis contando las dificultades que os encontréis. Hasta entonces seguiré el hilo de mi narración, para no desviarme demasiado. Y más teniendo en cuenta que según mi opinión estaba a punto de convertirme en el próximo autor español de best-sellers. No os lo podéis perder.

Directamente tiré por la calle del medio. Uno no sabía de estas cosas y se lanzó a lo loco, sin pensar demasiado. Eso de guardar la novela en un cajón para releerla al cabo de los meses no iba conmigo. Para que esperar, era tontería. Así me fue, claro. Sólo el tiempo y los innumerables cabezazos contra la pared que me ido pegando me han hecho entrar en razón. Todo tiene su intríngulis y el mundo editorial no iba a ser menos.

Así que mandé el manuscrito a varias editoriales de las más conocidas. Como podéis imaginar me contestaron con una amable carta en la que alababan la calidad literaria de la obra, pero me indicaban que su catálogo estaba completo para esa temporada. Bueno, me dije, sólo es el primer paso. Hay multitud de puertas a las que llamar. Aunque yo no sabía la cantidad de trabajo que todavía me quedaba por hacer.

Pero por hoy lo dejamos. En próximas entradas os hablaré de los concursos literarios y de los cantos de sirena de la coedición. Seguro que surgen anécdotas interesantes cuando pongamos en común nuestras historias particulares al respecto...

lunes, 10 de noviembre de 2008

LAS PIEZAS DEL ROMPECABEZAS

En eso se habían convertido varias de las tramas superpuestas de mi novela. En piezas de un rompecabezas virtual que poco a poco iban ensamblándose de manera natural, sin artificios y sin que yo tuviera casi parte. Las diferentes partes de la historia iban encajando unas en otras formando un todo, un ente mucho más claro que iba desembocando en una historia redonda.

Cuando yo comencé a esbozar la novela quise investigar sobre las calles madrileñas, sobre los cambios de nombres en calles importantes, cómo habían evolucionado del franquismo a la democracia. Por ejemplo la Avenida de José Antonio se convirtió en la archiconocida Gran Vía madrileña, o General Mola se transformó en Príncipe de Vergara. Pero no saqué mucho en claro, creía que era un camino sin retorno y lo deseché. Así que tuve que mirar para otro lado.

De todas formas las calles de Madrid tendrían mucha importancia. Ellas me llamaban, yo sólo tenía que acudir a su encuentro y todo lo demás venía casi sin querer. Fue una época increíble. Al hecho de que no me diera cuenta y las historias fueran casando a la perfección se une el que veía pequeñas señales por todas partes, o eso me parecía a mí. Creía estar en el buen camino.

Por ejemplo, aquella mañana de domingo. Un domingo de finales de febrero, cuando el sol empieza a lucir cómo él sabe, con un aire fresco pero casi limpio, preludio de una hermosa primavera. Me fui a pasear por el Retiro, que aparte de estar cerca de mi casa, es una de las zonas que más me gustan de todo Madrid. El que lo conoce sabe a lo que me refiero. Y allí estaba yo, bajo el inmenso azul del cielo madrileño. Esa luz increíble que a todos los autóctonos nos subyuga, pero que a los foráneos también encandila. Siempre me han dicho los que vienen de fuera que la luz de Madrid es especial. Y tienen mucha razón. Ese azul intenso, casi doloroso a la vista, teñido quizás por alguna nube lejana, casi vaporosa de blanco algodón, que no disminuía la grandeza de la bóveda celestial. Y que a todos nos hacía resurgir después de un duro invierno, ansiando esos primeros rayos solares, tan cálidos para las castigadas almas.

En ese hermoso entorno, rodeado de familias, niños con bicicleta, jóvenes patinando, personas haciendo ejercicio y tantos otros despistados que pasaban la mañana, tuve una de aquellas revelaciones, esa señal venida de no sé donde. Llegando a una plazuela muy conocida sólo tuve que alzar la vista y allí estaba. No me lo podía creer. Había pasado por allí en multitud de ocasiones y no me había fijado en lo que me brindaban los ojos. El hilo conductor de una maravillosa trama que encajaría como un guante con mis esperanzas. Todo me llegaba rodado y casi me daba miedo darme cuenta que la historia me llevaba a mí y no al revés.

O como otra ocasión en la que me encontré bloqueado, que la providencia o quién fuera vino en mi ayuda de nuevo. Yo quería desarrollar una pequeña aventura de los protagonistas a través de unos túneles que estuvieran en la capital. Por supuesto quería que fueran reales, pero al no encontrar nada, estuve pensando en crear unos totalmente ficticios, que partieran de los bajos de la Biblioteca Nacional. No tuve ocasión de ello. Casi sin querer descubrí en la hemeroteca de un diario importante que casualmente se habían encontrado unos pasadizos de más de 200 años, en una investigación universitaria de los años 90 y en un lugar que nunca me hubiera imaginado. Naturalmente fui a su encuentro y lo aproveché para la novela. Al llegar allí me vino la imagen, con mis personajes huyendo de sus perseguidores y metiéndose sin remedio en los túneles. Llegué a casa y me puse a escribir, sin mirar atrás. Estuve tan inmerso en la escritura, me llené tanto con la historia, que me pasó algo rarísimo. Cuando terminé la escena, mientras los personajes salían de los peligrosos túneles por los que habían transitado, tuve un pequeño mareo. Pensé que había sido el tener la mirada tan fija en la pantalla del portátil, que al retirarla me causó aquel efecto. Pero no, estaba verdaderamente mareado, cómo si yo hubiera pasado por los suplicios que había descrito. O mi imaginación me estaba jugando malas pasadas o aquella historia me había envuelto por completo. Tendría que retomar la situación.

De todas formas todo cuadró a la perfección y mis historias entretejieron una tela a su alrededor, dándole la forma que yo quería. Unas fueron encajando en las otras, como las famosas muñecas rusas, hasta alcanzar el cenit. Sólo quedaba rematar la faena. Darle un final acorde a las circunstancias. Y no creáis que fue nada fácil. Aunque tampoco tuve que esperar demasiado. Otra vez venían en mi ayuda o mi musa estaba inspiradísima. Ya me daba hasta miedo ver esas señales. O quizás era yo el causante, que veía señales donde no eran, pero que aprovechaba cada detalle para utilizarlo en mi favor.

Fue leyendo un reportaje en un dominical. Se contaba una historia real, ocurrida en la Europa de la II Guerra Mundial. Se me iluminó la mente y sólo tuve que dejar bailar a mis dedos. Aproveché la verdadera historia para adaptarla a nuestro país y a los hechos que aquí sucedieron en esa época en particular. Me quedé muy conforme con el resultado, ya que servía no sólo como final ficticio de mis historia. Quizás pudo suceder así y nunca nos llegamos a enterar. Mi obra había finalizado.

Y así pude terminar mi opera prima, casi sin darme cuenta. Con todas las piezas en su sitio y el alma que ya tenía la novela, arrebolada ante el bautismo con su verdadero nombre, el que siempre tuvo que tener. El que daba sentido a la historia, haciéndola nuestra, de todos nosotros. Ese título que anhelaba entre suspiros, deseando encontrar. Allí estaba, erguido ante mí, desafiante. Así se quedaría para siempre, ese nombre que llegó a mí para quedarse, sabiendo que era su destino.

La decisión estaba tomada. Mi primera novela se llamaría "El enigma de los vencidos"...

lunes, 3 de noviembre de 2008

UNA NOVELA CON ALMA PERO SIN NOMBRE


Una vez terminada mi opera prima, me asaltaron las dudas. Para ser exactos, me llevaban asaeteando mi castigado cerebro desde varias semanas atrás. Justo las anteriores a la fecha en la que puse el último punto y aparte, sin haber sacado nada en claro frente a un dilema peliagudo: el título de la novela. Tiempo y tiempo devanándome la sesera para encontrar algo en consonancia con el manuscrito, pero no daba con la tecla adecuada.

Dicen qué aún siendo uno un ávido lector, cuando uno da sus primeros pasos escribiendo comienza con lo que mejor conoce. Así que no es nada raro que un autor hable de sus vivencias, sus temores, sus sentimientos. En mi caso esto era una navaja de doble filo. No tenía costumbre de escribir todos los días, de entregarme a la causa de rellenar ese dichoso folio en blanco. Pero tampoco estaba acostumbrado a desnudar mi alma, a plasmar mis emociones o sentimientos, a buscar en la literatura lo que no encontraba en el mundo real. Y en esta tesitura estaba cuando comencé a versar sobre todo este embrollo.

En principio yo quería escribir una novela ambientada en mi Madrid, pero no sabía qué enfoque darle. Sólo barruntaba que sería una novela de aventuras, con un toque costumbrista y una trama misteriosa y detectivesca. Pero poco más. Me encontraba francamente perdido, dicho sea de paso. Y ya se sabe que los comienzos siempre son duros. Me veía como el pobre dominguero con calzado de senderismo intentando escalar el Himalaya sin arnés, oxígeno ni nada que se le pareciera. No sé si la inocencia es una virtud, pero allí me lancé sin paracaídas.

Así que el pobre protagonista, joven luchador con infancia dura y adolescencia más llevadera, comienza a vivir su historia cuando conoce a una chica de clase alta. Eso le traerá no pocos quebraderos de cabeza pero a todos tendrá que sobreponerse. Y en esa primera parte me atasqué un poco, hasta que llegué a la trama principal de la obra: la búsqueda y solución de un misterio que movería todas las estructuras establecidas.

Debe ser que a escribir también se aprende. Después de estos inicios titubeantes y debido a que por motivos personales y profesionales pude dedicar más tiempo a mis quehaceres como escritor en ciernes, pude ir sacando adelante la obra. Ya inmerso en un tumultuoso mar de misterios, enigmas por resolver y malvados perseguidores aprendí muchas cosas, de mí y del oficio de escribir. Algo impagable para una persona como yo.

Me perdía por esas callejuelas de Madrid, buscando la esencia que quería impregnar en mi obra. Ese alma literaria que se escabullía entre mis dedos y que pretendía que prendiera en la trama. Paseaba por sitios mil veces visitados o por otros que ni siquiera sabía que existían. Lo veía todo con otros ojos, con la mirada ilusionada de un niño en su primera vez en el zoológico. O con el gesto tímido de alguien a quién por fin le han quitado la venda de los ojos. Sentía la ciudad vibrar, latir su corazón. Y yo formaba parte de aquel maravilloso momento.

Recorriendo las plazas, las esquinas perdidas, los recovecos más escondidos del viejo Madrid de siempre me acostumbré a mí mismo y a mi nueva faceta. Alucinaba con las cosas que iba descubriendo sobre mi ciudad, ya fuera por verlas con mis propios ojos o por documentarme para la novela. Y todo esto me sirvió sobremanera. Algunos de esos bellos episodios los he intentado reflejar en la obra. Por ejemplo, el levantar la vista y encontrarte con esas típicas placas que nos recuerdan que allí vivió, murió o creó alguno de los insignes habitantes de la capital. Siempre me encuentro con alguna placa nueva, aunque haya pasado mil veces, es curioso.

O caminar por millonésima vez bajo los arcos de la Plaza Mayor, punto neurálgico del centro de la ciudad y quizás de mi obra. Reconocer, mal que me pese, que contaba por primera vez el número de arcadas principales que tenía la plaza. O averiguar a quién pertenecía la estatua ecuestre que anida en su centro. Y otros muchos detalles que no quiero desvelar de momento. Con todo ello conseguí que Madrid fuera uno más, o casi el principal protagonista de nuestra historia.

Yo veía mi novela casi en pantalla cinematográfica. Por las noches es cuando mejor he pensado, ahora y siempre. Y cuando me acostaba en mi cama, cuando los demonios de la noche nos visitan, yo ponía mi mente a trabajar. El proceso era sencillo. Durante el día recorría la zona sobre la quería escribir una de las tramas principales y por la noche la recreaba en mi mente, ya con los personajes metidos en su papel, transitando por esos mismos parajes. Y aunque no lo creáis, me funcionaba.

Al día siguiente, y sin haber apuntado nada en libreta alguna salvo honrosas excepciones, me ponía a transcribir lo visto en mi cinematógrafo particular. Y casi como en una escena de “Cinema Paradiso”, los personajes y sus vivencias cobraban vida. Era algo increible que yo solito estaba logrando y me sentía orgulloso y maravillado, aún sin llegar al nivel del maestro Tornatore. Pero esto lo seguiré contando en próximas entregas...

miércoles, 29 de octubre de 2008

CAMINANDO POR LA SENDA

Como comenté en la anterior entrada, parecía que ya había encontrado el camino correcto y sólo faltaba seguir por esa senda ya abierta en la jungla del mundo editorial. Nada más lejos de la realidad. La vida da muchísimas vueltas y las circunstancias personales, profesionales, familiares o de cualquier otra índole no le permiten a uno ni siquiera predecir lo que le va a ocurrir en el mes siguiente de su vida. Lo digo por experiencia propia, ya que si en aquel lejano año de 1993 me dicen algunas de las cosas que me han sucedido después, me hubiese carcajeado sin contemplaciones en la cara del que se hubiese dignado a decírmelo.

Pero dejémonos de divagaciones. Para volver a entrarme el gusanillo de la escritura tuvieron que pasar muchos años. Otros diez, exactamente. Si, yo seguía leyendo con devoción, ya que es algo que me encanta. Nunca puedo dejar de tener un libro en las manos. En aquellos años leía más en el tren y en el metro, en los viajes eternos entre mi domicilio a 50 kilómetros de Madrid y la llegada a la capital, ya fuera por estudios o trabajo. Hoy en día han cambiado mis hábitos y leo sobre todo por la noche, en la cama, con la luz de mi mesilla. No será la primera vez que me den las 2 de la mañana con la luz encendida, enfrascado en la lectura de algo interesante. Y fue gracias al regalo que me hicieron de un libro determinado, bastante conocido, que algún engranaje oculto hizo click en mi mente y pude comenzar esta bendita aventura. No fue por el hecho de la lectura del libro, un best-seller que a mí si me gustó, quizás fue más lo que me hizo sentir. La manera de expresar con palabras emociones y sentimientos que me llegaron muy dentro en una etapa difícil para mí prendió una súbita chispa en mi corazón. Yo también quería hacer eso. Y me veía capaz.

Así que puse manos a la obra. Lo recuerdo perfectamente, ya que era a finales de dicho año, el 2003. Se me acumularon demasiados cambios: profesionales, personales, familiares e incluso domiciliarios. ¡Sin incluso me lancé con la aventura de mi primera hipoteca! Y a la vez empecé mi primera novela, la niña de mis ojos. Dicen que quién no se arriesga no pasa la mar, pero para una persona poco espontánea hasta entonces, para nada amante del riesgo y con los pies muy bien plantados sobre la tierra, aquello fue una verdadera declaración de intenciones. Quería cambiar mi vida y llevarla por los derroteros que yo quisiera, dejándonos de las zarandajas del destino. Ya le ayudaría yo a encauzarlo, que para eso estábamos. Así que me las ingenié para ir sacando tiempo de mis demás obligaciones y necesité casi todo el año siguiente para ir avanzando con la obra y dejarla finiquitada en noviembre del 2004, prácticamente 365 días después de haberla comenzado. Mi primera novela, casi como si fuera mi primer hijo. Algo salido de mis entrañas, con mucho trabajo y sacrificio, pero que finalmente veía la luz. En la siguiente entrada hablaré largo y tendido sobre ella, no os preocupéis.


Casualmente a mediados de ese año vino a Madrid a firmar ejemplares en la Feria del Libro el dichoso autor que había encauzado mis pasos por este mundo de locos. Me acerqué vacilante, con mi libro en las manos, mientras otras personas lo compraban allí deprisa y corriendo para que se lo firmaran. Ya había vendido muchísimos libros, pero no había nadie esperando para la firma, no era tan conocido como ahora. Así que me aproximé tímidamente y le entregué mi libro, esperando su firma. Quise hablar, decirle algo, pero me paralizó el miedo o la vergüenza. Él lo estaba pasando peor que yo, allí semiescondido en la caseta, queriendo que se lo tragara la tierra. Así que me fui como había venido, pero con mi libro dedicado por su autor. ¡Qué tiempos aquellos...!

martes, 28 de octubre de 2008

MI PRIMERA VEZ

Todos nos acordamos de nuestra primera vez, o por lo menos dependiendo de a qué nos estamos refiriendo cuando mencionamos lo de la primera vez, algunos sí lo recuerdan. En este caso yo, como escritor novel que busca la complicidad de los posibles lectores de este blog, os voy a contar la primera vez que me enfrenté al pánico de la hoja en blanco. No tendría más de 11 años, creo recordar que cursaba 6º de la ya extinta y olvidada EGB. A nuestros queridos profesores se les ocurrió la genial idea de organizar un concurso de cuentos por equipos.

Y allá que nos lanzamos nosotros, un grupo formado por 2 chicos y una chica, sin saber muy bien a lo que nos enfrentábamos. Nos reunimos en casa de un compañero y repartimos las tareas. El anfitrión se dedicó a los dibujos que iban a ilustrar el cuento, ya que se le daban muy bien las artes plásticas. Nuestra compañera se dedicó a labores de intendencia: preparar y cortar las hojas del supuesto cuento, elaborar su correspondiente portada y contraportada con cartulinas azules y lo más importante: escribir con letra pulcra y armoniosa la historia que yo me había inventado, dada mi horrenda caligrafía que no ha hecho más que empeorar con los años. La verdad es que no recuerdo el título de la magna obra pero si puedo contar sobre qué trataba. Escribimos una historia sobre unos exploradores ingleses que llegaban al África negra y encontraban una civilización perdida, una tribu de la que nadie había oído hablar. Vivían en los árboles, pero tenían montada toda una infraestructura súper organizada en torno a su vida arborícola: casas, puentes levadizos, escaleras, despensas y almacenes y otras menudencias. Algo inaudito para un crío de once años, pero que nos llevó a ganar el premio de nuestro curso. Un brillante comienzo, cómo no podía ser de otro modo.

Pero ya se sabe que el destino nos lleva por caminos inescrutables o no, nunca se sabe. Así que tuve que esperar otros nueve años para verme de nuevo abocado a esa hoja yerma, vacía de todo contenido, que parecía burlarse de mí diciendo: "No te atreves conmigo". Nada más lejos de la realidad. En un horrendo trabajo temporal nocturno, donde disponía de mucho tiempo libre para pensar, se me ocurrió la peregrina idea de comenzar una novela. Cierto es que en mis años de secundaria y comienzos universitarios había escrito algún ripio sin orden ni concierto, creyéndome el nuevo Garcilaso. Craso error, lo mío era la narrativa. Así que apoyado en los autores que por aquel entonces devoraba, como Stephen King o Ken Follet, pergeñé la idea principal de una novela mitad terror, mitad intriga internacional. Hice algo que no he vuelto a realizar nunca más, tener el trabajo más o menos planificado. Me preparé los personajes, les di nombre, atributos tanto físicos como emocionales y obtuve un maravilloso y contundente título que aún hoy me niego a abandonar, so pena de que algún día vuelva con esta obra maestra. Por supuesto, sólo escribí unas cinco páginas, pero la semilla ya estaba plantada. Corría el año 1993 y no tenía ni la más ligera idea de los derroteros por los que me llevaría la vida. Ya estaba en el camino correcto, la senda se abría ante mí, pero yo no la veía…